jueves, 5 de enero de 2012

Sabores

En los sabores he descubierto que están los disparadores más poderosos de mis recuerdos.  Los sabores me acercan a mis orígenes, a mi tierra, a mis querencias, a mis vivencias.

Soy venezolana de pura sepa, hace muchas generaciones que en mi familia no hay extrajeros, y soy una enamorada de la gastronomía típica venezolana, por tanto hay productos que están intimamente ligados a mi y a mi cocina:
  • El ají dulce. Su aroma inconfundible y su sabor insustituible, es necesario en cada plato que preparo; a veces pienso que es él el transmisor del amor y la pasión que pongo al cocinar, que al utilizarlo estoy aportando a lo que preparo parte de mi, aun cuando el platillo no sea de comida típica venezolana, porque el ají dulce es como el venezolano, se adapta bien a cualquier situación y a cualquier circunstancia y siempre va bien.  No faltó en la cocina de mis abuelas (tuve la dicha de tener 3 abuelas: una en Barquisimeto, una en Maturin y una en El Pilar) y en la mía no falta; no me gusta comprar el que llega a los supermercados que no huele, que no sabe, prefiero ir hasta el Mercado Periférico de La Candelaria (en Valencia) a buscarlo como quien busca oro, oliendo en cada puesto hasta conseguir el perfecto oloroso y turgente, de piel lisa, brillante y de color intenso, ese es el que aporta magia.
  • El cilantro. Para mi es inconcebible sentarme frente a una sopa, hervido, sancocho o cualquier tipo de sopa de granos y al aspirar no sentir el aroma del cilantro, bien sea en que todos conocen o el de monte, que es de hoja larguita y verde oscuro (ese es el que más me gusta) es un olor que me traslada inmediatamente a mi infancia, a la casa de cualquiera de mis abuelas y recordar inmediatamente sus mimos o sus peleas para que comiéramos.  El aroma y sabor del cilantro me acompañó en las enfermedades -nada como una sopita de pollo para recuperarse de un quebranto de salud- en las tristezas -nada como una sopita de pollo para el alma- en las celebraciones -nada como un buen hervido o mondogo para reunir a la familia o unas caraoticas bien ricas en el pabellon del almuerzo de Primera Comunión. 
  • El papelón.  Confieso abiertamente que de niña no era uno de mis sabores favoritos.  Siempre estaba presente en los días calurosos en El Pilar,mezclado con limón y con un sabor muy fuerte y color oscuro; no entendía porque no podían darnos limonada endulzada con azúcar refinada.  Con el paso de los años empecé a apreciar lo importante que puede ser en la preparación de alguno de los platillos que usualmente hago para mi familia y amigos. No se puede sustituir su sabor en un asado negro en un mondongo oriental o en unas caraotas negras.  Debo reconocer que el uso del papelón en mi cocina es una herencia de mi familia oriental, ya que la combinación de lo dulce y salado en esa región del país es muy común y muy sabrosa.  Hoy, en mi casa se acompañan las comidas y se calma la sed y el calor con un rico y refrescante papelón con limón
  • El cacao. El Pilar, es el pueblo donde nació y creció mi papá; allí hay cualquier cantidad de haciendas donde se siembra y cosecha el cacao.  Cuando iba en vacaciones a visitar a mi Tía Flor (una de mis 3 abuelas) no faltaban las salidas a los ríos cercanos y para llegar, generalmente ,atravesábamos haciendas cacaoteras y con el permiso de los dueños, amigos de Tía Flor, podíamos comer una maraca de cacao...solo una entre los cuatro (mis hermanos y yo), porque nos podía dar disentería (jajajaja).  También tuve la oportunidad de disfrutar del proceso artesanal desde la cosecha hasta fabricar con las semillas una pasta que se hacía bolitas y que eran consumidas por la gente de la zona en un riquísima bebida caliente la cual acompañábamos con pan.  No es igual a tomarse una taza de chocolate caliente comercial, el aroma es más intenso, el sabor más fuerte, incluso no se diluye, al tomarlo se siente el polvo en que se convirtió la bolita al momento de prepararlo y hace explosión en las papilas.  Disfrutaba muchísimo en las tardes en que podíamos degustar una taza da cacao caliente, generalmente estaba acopañado de cualquier cantidad de cuentos y chistes entre primos y amigos, en el sajuan de la casa de Tía Flor.  Todavía hoy, cuando recibo una de esas deliciosas bolitas de cacao, la guardo para un momento muy especial, momento de compartir con mis hijos y/o amigos historias, chistes, siempre cosas felices.
  • El plátano y el queso blanco. Los sabores que me recuerdan a mi único abuelo, a mi abuelo Ernesto, son justamente estos.  Cuando era joven jugó beisbol en el Zulia y de allí nos trajo de herencia el gusto, el buen gusto por el plátano, que no puede faltar en la mesa todos los días, ya sea en tajadas, al horno o cocido y por el buen queso fresco, blanco, rico, gustoso pero no excesivamente salado, solo lo necesario, ya sea frito, a la plancha o fresco, rayado o en trozos, tampoco puede faltar en la mesa y en algunas preparaciones muy nuestras, muy venezolanas.
Definitivamente, los sabores evocan recuerdos y es por ello que la comida bien preparada, bien servida y en buena compañía es un absoluto placer para los sentidos y para el corazón.

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