El
26 de julio, mi papá hubiese cumplido 71 años, en vez de eso cumplió 7 meses al
lado de Papa Dios. Para él, los días 26
eran cabalísticos: pasaban cosas muy buenas o muy malas; sin embargo, ninguno
de sus hijos nacimos 26 pero si se casó con mi mamá, quien fue su compañera de
vida sus últimos 43 años un 26 de diciembre, fecha en la que también falleció.
Mi
papá era todo un personaje, un hombre de carácter fuerte pero de sonrisa bella
y sincera, oriundo de El Pilar, estado Sucre, su hablar no era el del típico
oriental, no cambiaba la “r” por las “l”s y no decía “la calor”, ni hablaba rápido, sin embargo,
nos enseñó los modismos de su terruño y los sabores de su infancia y del
oriente del país…y con esos sabores también crecimos. Papá era un hombre fuera de serie, eso lo
puede confirmar cualquiera que haya conocido a Arnoldo Ramón Cedeño.
Uno
de los mejores regalos que me dio en la vida fue el gusto por la cocina, a él
le gustaba comer bien y cocinar, por tanto, consiguió en mí una cómplice cuando
era niña, que la perdió en la adolescencia y que luego, en la adultez y con una
vida independiente recobró ese gusto por cocinar, porque el gusto por el disfrutar
del buen comer nunca lo perdí. Recuerdo,
con mucho cariño, el acompañarlo a hacer el mercado semanal para la casa, era
una de sus actividades favoritas; mi papá me enseñó a escoger los vegetales y a
comprar en temporada, a saber cuándo el pescado estaba fresco y cuando estaba
bien salpreso, me enseñó a escoger y preparar la carne de forma apropiada para
que no perdiera sus jugos. Supongo que
al tiempo que yo aprendía, él también lo hacía puesto que dudo haya cocinado con
mucha frecuencia cuando vivía con Tía Flor y no sé cómo haría después que
abandonó su casa para vivir y trabajar por toda Venezuela. Mi papá era un vendedor nato e hizo toda su
vida laboral asociada a la venta, desde vendedor hasta Gerente de Mercadeo y
Ventas en trasnacionales, hasta que se independizó, acción que intentó varias
veces, hasta lograr emprender con su propio negocio de manera exitosa. Era un hombre persistente.
Recuerdo,
y estoy segura que mis hermanos también, los días sábados ó domingos, cuando él
estaba en casa, ya que por su trabajo se ausentaba con frecuencia porque
viajaba mucho. Pero esos sábados son memorables para mí, ya que él salía, hacía
la compra y cocinaba para nosotros. Me sorprende
una sonrisa al recordar a mi papá cocinando y nosotros aguantando hambre,
porque la comida estaba más tarde de lo normal y así él se aseguraba que nos la
íbamos a comer. Aún recuerdo un cocido
gallego infame que se le pasó la mano de sal y después de esperar durante horas
tuvimos que comer espagetti.
Papá,
una vez, en uno de sus emprendimientos, se convirtió en socio de una panadería
en Maracay y casi no lo veíamos, se iba de madrugada y regresaba después que nosotros
estábamos dormidos, pero en la mañana conseguíamos cachitos o pastelitos de
hojaldre para el desayuno, de repente golfeados u hojaldres de cabello de
angel, era su forma de estar presente para nosotros. En alguna oportunidad nos llevó a pasar con
él el día en la panadería y recuerdo haber estado con el maestro pastelero
haciendo las palmeras y los hojaldres de cabello de angel; tendría yo como 9
años. En algún domingo que papá tuvo libre
nos hizo en casa golfeados que le quedaron muy ricos. En ese tiempo, mi papá aprendió a hacer pan y
luego, en más de una oportunidad, nos hizo pan casero.
Otra
comida cuyo sabor me recuerda a mi papá es la salsa boloñesa, aunque no es
comida típica, él la hacía para nosotros, en grandes cantidades, para poder
reservarla congelada en la nevera y así resolvernos las comidas en la
adolescencia cuando él y mamá trabajaban y a nosotros nos tocaba llegar a casa
y cocinar. Esa salsa nos acompañó en la universidad en las largas noches de
estudio y a nuestros compañeros les gustaba, ya fuera con pasta o con arepa
loca (funche o polenta que es como se le conoce mas).
Sus
hervidos de pescado eran memorable, aunque no eran de nuestros favoritos, pero
después de pasar varias horas de hambre, no nos quedaba de otra que
comerlo. También recuerdo sus mondongos
o hervidos de pata de res, pasaba dos días preparándolos: uno para limpiar la
panza y las patas y otro para prepararlo al estilo oriental, con plátano pintón
y un punto de papelón, le quedaba estupendo y me satisface haberle preparado
uno el año pasado, aunque según su crítica se me pasó la mano de pimienta negra
en granos.
Papá
siempre que cocinaba lo hacía en grande, me refiero, en grandes cantidades,
supongo que le hubiese ido bien en un restaurante, sin embargo esta idea nunca
fue uno de sus emprendimientos. Recuerdo
una vez que me invitó a hacer un curso de cocina juntos, pero yo estaba en una
edad un poco rebelde y no aproveché la oportunidad de estudiar junto a mi papá,
ahora que no está, me arrepiento de no haberlo hecho, estoy segura que hubiese
sido una experiencia muy bonita.
Mi
papá no era hombre de elogiarnos, pero a través de la comida que nos preparaba
nos demostraba su amor y compromiso.
Siempre que coma algún platillo de los que él preparaba sé que los
recuerdos van a venir a través de las papilas gustativas. Hay muchos sabores
asociados a papá: los chorizos carupaneros, las morcillas orientales, el ají
dulce, la sopa de leche y huevos que le gustaba tanto y hacía que mamá se la
preparara, el asado negro, el papelón oriental, el cochino frito, las cachapas,el
pan casero, el majarete y muchos más
Te
quiero papi